Un mundo consumido por el Caos.
Abocado a la obliteración en apenas un mes.
Pero ¿acaso podía el tiempo seguir fluyendo tras haber sido
destruido?
El joven Hope Estheim llevaba casi cinco siglos intentando
desvelar aquel misterio, pero sin gran éxito. Quizá, simplemente, algunas cosas
no tenían por qué entenderlas los mortales…
Como todas las tardes, Hope había salido a contemplar la
puesta de sol desde uno de los altos y escarpados riscos de las Tierras del
Santuario, la isla más alejada y desolada de las cuatro que conformaban el
frágil mundo de Nova Chrysalia.
Llevaba haciéndolo desde que se había establecido en aquel
asolado lugar, siglos atrás. Algo tenía la puesta de sol que calmaba aquella
dolorosa soledad que desde hacía tanto tiempo le devoraba el corazón.
Pese a que él mismo había escogido aquella soledad, de
alguna forma también le había sido impuesta por los dioses, en muchos sentidos.
Aquel pensamiento le hizo entornar sus claros ojos, del
color verde del agua de mar, al observar la enorme silueta recortada del ya
ruinoso Santuario de la diosa Etro. Tras él, enorme, majestuoso, flotaba el
Nuevo Nido, rodeado por sus anillos y bautizado en honor al dios Bhunivelze,
adorado por las gentes de aquel mundo al borde de la destrucción.
Hope no pudo evitar esbozar una amarga media sonrisa. Él
había sido el artífice de aquella gigantesca estructura flotante, diseñada para
proteger a toda la humanidad de una catástrofe tal como la caída del viejo
Nido. Y, sin embargo, allí estaba, aislado de todo y de todos, perseguido por
ser conocedor de la aterradora verdad tras el hecho de que no hubiera muertes
ni nacimientos naturales.
La fe en los dioses había vuelto a imponerse a la esperanza
en la humanidad.
Hasta cierto punto, había asumido la soledad. Las Tierras
del Santuario no eran el mejor lugar para vivir; si estaban conectadas por el
monorraíl a las demás islas de Nova Chrysalia era casi por casualidad. Hope había
tenido que aprender a arreglárselas para cazar, y no era cosa fácil tratándose
de aquellos monstruos tan salvajes, pero gracias a ello había vuelto a poner a
punto su magia.
Pero aquella soledad jamás le había abandonado del todo.
Podría haber escogido cualquier otro sitio mejor para
esconderse de las garras de la Orden de Luxerion. Incluso las Dunas de la
Muerte hubieran resultado más acogedoras que aquel peñasco rocoso y agreste.
Sin embargo, la simple contemplación del Santuario de Etro a
la puesta de sol, enmarcado por el Nuevo Nido, tenía la virtud de aliviar
aquella ardorosa sensación de absoluta soledad.
No tenía mucho que ver con la imagen del edificio. Era más
bien por lo que aquel edificio albergaba en su interior.
Hope recordaba con perfecta claridad la primera vez que
había reunido el valor para adentrarse en el Santuario de Etro, hacía
quinientos años, en busca de alguna pista sobre aquello que llevaba tanto
tiempo ansiando encontrar.
Y lo encontró.
El joven nunca olvidaría lo que sintió al ver aquella figura
cristalizada, sentada en el enorme trono de alabastro suspendido sobre el
vacío. Recordaba haber caído de rodillas al enlosado suelo de mármol, sus
hombros hundidos, su cuerpo tembloroso, las silenciosas lágrimas escapando de
sus ojos y rodando por sus mejillas, su corazón partiéndose en mil pedazos.
Viviendo en mundos separados, buscándola durante tantísimos
años, y cuando por fin podía volver a verla, la había encontrado convertida en
estatua de cristal.
Después de aquello, Hope había regresado a la isla donde
tiempo más tarde se erigiría la capital de Nova Chrysalia, la gran ciudad de Luxerion.
Allí había permanecido casi cien años, hasta que tuvo que exiliarse por salvar
su vida a causa de sus estudios y, con ellos, la razón por la cual nadie nacía
ni moría en aquel mundo.
Desde su exilio, Hope había visitado en numerosas ocasiones
el trono de la diosa y la joven cristalizada sentada en él. Al principio lo
hacía todos los días, pero con el tiempo había ido espaciando sus visitas, en
parte porque sus investigaciones le mantenían ocupado, y también porque era muy
duro para él estar tan próximo a ella y no poder siquiera tocarla.
Con el tiempo no sólo subía a verla. También mantenía
medianamente limpia la Cámara del Trono y realizaba estudios al respecto de
aquel lugar, originalmente ubicado en las Tierras Etéreas, el reino de la
muerte. Con el tiempo, se convirtió en el guardián de aquel lugar olvidado.
Pero, siempre que Hope visitaba aquella estancia, se
arrodillaba en el suelo, sus ojos color verde agua sin abandonar el bello
rostro de su compañera, su maestra, su amiga, hasta que agachaba la cabeza con
respeto y sus labios susurraban siempre las mismas palabras.
El mismo deseo, repetido una y otra vez, décadas tras
décadas.
Despierta… Por favor,
despierta.
Pero los dioses aún no habían respondido a sus plegarias.
Como científico que era, Hope no se fiaba mucho de los
dioses. Tampoco los despreciaba. Simplemente opinaba que los mortales y ellos
llevaban vidas independientes.
Sin embargo, seguía rogando interiormente por el regreso de
su amiga. Si algo tenía claro era que, si había alguien que pudiera escucharle,
no lo haría si no le preguntaba.
Y así, los días se sucedían.
Y con ellos, se acercaba el fin del mundo.
Hope se apoyó en la pequeña balaustrada que había construido
en aquel risco hacía años, observando con melancolía la puesta de sol. Él había
sido un lu’Cie y había afrontado un destino incluso peor que la muerte, así que
la perspectiva del fin del mundo no le preocupaba tanto como al resto de la
gente de Nova Chrysalia.
Lo que más lamentaría sería morir sin haber podido hablar
por última vez con la mujer por la que había luchado durante siglos.
Aun así, no perdía la esperanza. Y gracias a esa luz podía
seguir adelante.
Algo relució a la dorada luz del sol. Multitud de destellos
empezaron a flotar frente a los ojos del joven y le hicieron salir de su
apático ensimismamiento.
No era la primera vez que contemplaba aquel espectáculo,
pero seguía fascinándole tanto como el primer día.
Dientes de león.
Aquellas delicadas flores eran transportadas hasta allí por
el viento cuando una tempestad sacudía las boscosas Tierras Silvestres. Las
corrientes circulaban de tal forma que aquellos grandes dientes de león siempre
llegaban al Santuario de Etro y atravesaban la Cámara del Trono.
Hope lo sabía porque en una ocasión le había sorprendido
aquel aluvión de dientes de león en una de sus visitas al Santuario. El brillo
plateado y dorado de sus finos pétalos inundó la estancia mientras las flores
la cruzaban hacia el Nuevo Nido, arrastradas por la brisa, rodeando a la joven
cristalizada en el trono.
No sucedía muy a menudo, pero cuando los dientes de león
atravesaban la puesta de sol, Hope sentía una extraña pero reconfortante
calidez en su corazón. Le recordaba un momento inolvidable durante su periplo
como lu’Cie, en la hondonada próxima al Lago Sulyya, donde había visto aquellos
enormes dientes de león flotar por doquier junto a su amiga y mentora.
Lightning Farron.
Aquel nombre estaba presente en todos sus deseos. Cuando veía
los dientes de león, en su mente aparecía con diáfana claridad.
Según las historias que le había contado Vanille, otra de
sus compañeras lu’Cie, los dientes de león del Gran Paals llevaban los deseos a
los dioses si atrapabas uno y se lo pedías. Cuando los dioses los recibían,
juzgaban si el corazón que había pedido el deseo era puro y sincero, y
dependiendo de ello se lo concedían o no en un plazo de trece días.
En otro tiempo, Hope no habría confiado sus deseos a los
dioses, sino que hubiera trabajado para conseguir sus objetivos por sí mismo.
Pero era consciente de que no estaba en su mano traer a su amiga de vuelta.
Por eso, cuando veía pasar los dientes de león, les confiaba
en silencio su deseo.
Pero aquella tarde algo cambió.
Hope estaba apoyado en la balaustrada contemplando el suave
vaivén de los dientes de león que se dirigían al Santuario de Etro, su mirada
siempre nostálgica y cargada de añoranza, cuando de pronto sintió unas extrañas
cosquillas en la mejilla que le hicieron aterrizar de su mundo de ensoñaciones.
Giró la cabeza con cautela, pues hacía literalmente siglos
que nada tocaba su piel de aquella forma tan directa y, en cierto modo, tan
íntima.
Lo que vio fue un diente de león excepcionalmente grande,
que en su vuelo se había acercado demasiado a él y se había quedado atascado en
su hombro, su corola se había enredado con el cabello plateado del joven
científico. La brisa lo agitaba y rozaba su rostro en una dulce caricia.
Hope esbozó una agridulce media sonrisa al tiempo que tomaba
entre sus manos el diente de león con delicadeza para que no se rompiera. Sabía
que era una tontería, pero agradecía en cierta manera aquel contacto con la
flor. Sintió un escalofrío involuntario cuando ésta rozó su muñeca izquierda,
cubierta todavía con una vieja muñequera de tela amarilla.
Lo observó a la luz del ocaso. Sus filamentos plateados
destellaban especialmente bajo los rayos dorados, mucho más que los demás
dientes de león. Su tacto era suave y curiosamente cálido.
Pero algo lo diferenciaba radicalmente de las demás flores
que cruzaban las Tierras del Santuario aquella tarde.
Entre aquella enmarañada red de argénteos filamentos había
atrapados decenas de pétalos de rosa de un tono rosa fuerte que él recordaba
muy bien.
Hope no daba crédito a sus ojos. En cinco siglos que llevaba
viajando e investigando Nova Chrysalia jamás había vuelto a encontrar una sola
rosa, y mucho menos de aquel color tan especial. Sus dedos rozaron con timidez
uno de aquellos pétalos; eran reales, y definitivamente pertenecían a una rosa,
no cabía duda.
Los pétalos de la flor que siempre acompañaba el recuerdo de
Lightning Farron.
El joven se encontró a sí mismo temblando como la primera
vez que vio la figura cristalizada de su amiga. Para él, ver una rosa y verla a
ella eran prácticamente la misma cosa. Había aprendido a amar aquella flor
igual que la amaba a ella.
Y aquel diente de león se la había llevado directamente a
él.
Una señal.
Alzó la cabeza y contempló pensativo el Santuario de Etro
con el diente de león en las manos. Cuanto más lo pensaba, más seguro estaba de
que aquello no podía ser una casualidad. Él era científico y no creía en las
casualidades.
Pero en aquel instante las causas no le importaban lo más
mínimo.
Sin poder evitarlo, Hope dejó escapar una suave risa teñida
de la más pura, sincera, absoluta felicidad. La sentía mucho más cerca a él de
lo que la había sentido en más de mil años, en los cuales había oído su voz una
única vez.
Sus palabras nunca habían abandonado ni la memoria ni el
corazón del joven.
Vas por el buen
camino, Hope.
Y, a exactamente veintiséis días para el fin del mundo,
recibía de nuevo un inesperado mensaje de su amiga.
Esbozando una dulce sonrisa, Hope se inclinó hacia el diente
de león que sostenían sus manos hasta que sus labios rozaron su suave superficie.
Dedicó un largo momento a saborear aquella extraña sensación, hasta que, por
primera vez, el joven le susurró su deseo al diente de león.
-Despierta, Light. Por favor. Te estaré esperando hasta el
final de los tiempos.
Una única lágrima destelló un instante a la luz del ocaso y
se perdió entre los brillantes pétalos del diente de león.
Formulando una vez más su deseo en su mente y en su corazón,
Hope alzó las manos hasta la altura de su rostro y sopló con fuerza pero con
delicadeza el diente de león, que echó a volar grácilmente y se unió al resto
de flores que flotaban lentamente hacia el Santuario de Etro, desde donde se
alzarían hasta Bhunivelze, el Nuevo Nido, tras visitar a la joven cristalizada
que dormía en el trono de la caída Diosa de la Muerte.
Hope siguió al diente de león con la mirada hasta que el
tono rosado de los pétalos de rosa que llevaba consigo se perdió en la lejanía.
Pero sus ojos no abandonaron la silueta del Santuario de Etro y el Nuevo Nido
recortados contra la puesta de sol.
Una vez más, la leyenda que Vanille le había contado regresó
a su memoria.
Trece días.
Esbozó una suave media sonrisa llena de esperanza, su
corazón tan repentinamente cálido como el de un fénix recién renacido de sus
cenizas.
Tan sólo quedaba esperar la respuesta de los dioses.

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